13/9/14

La joven del jardín

Primero que todo deseo disculparme por tener el blog tanto tiempo abandonado, no sé cuántas personas pasan por acá, pero las que lo hacen merecen estar informadas de las noticias.

Ya publiqué mi primera historia de época llamada LA JOVEN DEL JARDÍN, les comento que ha tenido tan buena acogida que ya estoy escribiendo otra.
Les dejo acá la sinopsis y el primer capítulo para que se entusiasmen.





"Sir Thomas Wadlow, es un hombre deprimido, malhumorado que se ha encerrado en su mansión desde que su esposa muriera en un accidente a caballo. Su vida se volvió vacía y no quiso ocuparse de nada más, tomando por habitual compañera la bebida. Sin embargo todo cambia cuando una tarde de verano, es testigo de los juegos de una joven desconocida en su jardín. Ella resulta ser Laura Flint la sobrina de sus sirvientes más antiguos. Su cabello rojo y su risa diáfana lo dejarán cautivado desde el primer momento. A partir de ese momento la  existencia por tanto tiempo insípida de él se ve trastornada por la presencia de la joven, y el deseo de poseerla es tan poderoso que le propone matrimonio... Este pareciera ser el principio de un cuento de hadas pero oscuros nubarrones amenazan la felicidad de dicha unión."

La joven del jardín
(capítulo 1)

Lord Wadlow observaba el jardín por la ventana de la biblioteca de Midleton House, mientras bebía la segunda copa de brandy de la tarde.
El ladrido de los perros lo hizo mirar con atención. Era una joven que correteaba por el jardín mientras jugaba con los animales. A Thomas, su imagen le pareció vagamente familiar, le parecía haberla visto en los alrededores días atrás. A falta de algo mejor que hacer se dedicó a mirarla entretanto agregaba otra cantidad de licor, encima de lo que aún le quedaba en la copa, si continuaba así seguramente estaría borracho a la hora de la cena y Queenie lo regañaría como siempre. Pero ¿a quién le importaba cómo destruye su vida un hombre amargado?
Antes de volver a maldecirse como lo hacía casi a diario, volvió a concentrarse en la joven que correteaba por su jardín.
Era una chica ataviada con un vestido corriente, no llevaba guantes ni adorno alguno en la cabeza, lo que indicaba que debía ser hija de algún inquilino suyo ¿pero qué hacía en su jardín? ¿Nadie le había advertido que no podía vagar en las cercanías de la mansión sin su autorización?
Pensar que cualquiera podía pasearse como si estuviera en su casa lo irritó, sin embargo continuó observando a la muchacha, tenía una figura delicada y era de baja estatura pero con un busto abundante según alcanzaba a ver desde la distancia en la que se encontraba.
La miró nuevamente y no pudo evitar una sonrisa que más parecía una mueca, al ver cómo los perros saltaban detrás de ella haciendo el intento de alcanzar sus manos. En un momento, posiblemente debido a tanto brinco, se le soltó el cabello que traía prendido en la parte alta de la cabeza. A Thomas se le cortó la respiración cuando vio esa nube cobriza flotando sobre los hombros de la chica y por poco deja caer la copa que sostenía en su mano izquierda. Ver el cabello de la joven y sentir una punzada en el bajo vientre fue todo uno. Thomas
inclinó la cabeza para mirarse a sí mismo.
“—¡Idiota! ¿Desde cuándo te excita tanto el cabello de una mujer?”
Se alejó de la ventana para distraer la mente con otra cosa menos comprometedora. Tomó asiento frente al gran escritorio de caoba, los papeles se amontonaban en la superficie reclamando atención. La mayoría eran solicitudes de sus inquilinos pidiendo que arreglara sus viviendas porque la mayoría se encontraba en mal estado. Había contratado a un administrador para que se encargara de esos menesteres, desde que no quiso continuar haciéndolo él en persona, sin embargo, a juzgar por las quejas no estaba llevando a cabo bien su trabajo.
Lo mandaría a buscar al día siguiente, George Payne era tan displicente que no se presentaba en Midleton House si él no lo requería. La verdad es que deseaba prescindir de sus servicios pero no tenía ganas de ir a la ciudad para conseguir otro administrador y tampoco le apetecía ocuparse él mismo de esos asuntos.
Hizo a un lado las cartas para ir a servirse más brandy pero algo más interesante captó su atención: una risa de mujer. Se acercó nuevamente a la ventana y la joven pelirroja aún permanecía en el jardín, pero esta vez estaba muy próxima a su ventana. Su risa era diáfana, casi musical. Hacía mucho tiempo que no escuchaba a una mujer reír de esa forma, como si estuviera feliz, desde que Rosalie…
En determinado momento la joven se giró y miró directamente hacia la ventana, Thomas se hizo a un lado para no ser visto, a pesar de saber que el reflejo de los rayos del sol en los cristales, impedía cualquier visión hacia el interior. Se paró en un ángulo de la ventana y la joven como adivinando que la observaban se alejó con rapidez pero él alcanzó a ver con claridad su nariz respingada y sus ojos verdes. 
De forma automática se acercó hasta la chimenea para tirar del cordón, luego de unos minutos se escucharon pasos apresurados por el corredor.
—¿Llamó milord? —preguntó un hombre de pelo gris.
—Ralph, ¿quién es la señorita que anda correteando por mi jardín?
—Mi sobrina Laura Flint milord, es la hija de la hermana de Queenie.
—¿Y qué hace acá?
—Le pido disculpas milord, sé que debimos preguntar primero pero ella llegó de improviso antes de ayer. Su madre murió y no tiene adonde ir.
—¿Qué le pasó a su cuñada?
—Bueno, mi cuñada y su marido, trabajaron varios años en una fábrica textil en Manchester, pero el polvillo de las telas dañó sus pulmones. Hace un año murió Jack, el padre y la semana pasada Coraline, mi cuñada.
—¿Laura también trabajaba en la fábrica?
—Sí milord, pero su madre antes de morir le hizo prometer que tomaría los pocos ahorros que tenían y vendría al sur.
—¿Qué edad tiene?
—Veinte años milord. Queenie y yo habíamos pensado pedirle permiso para que ella se quede como doncella o ayudante en la cocina.
—Lo pensaré. Ahora vete, y dile a Queenie que no cenaré en casa. También dile a Jack que ensille mi caballo.
Thomas llegó al atardecer a Chard, hacía mucho tiempo que no iba pero ahora necesitaba distracción extra, se sentía inquieto, algo le estaba molestando pero no alcanzaba a discernir qué era.
Primero se dirigió al garito clandestino que funcionaba en la parte de atrás de una taberna. Jugó un par de manos de Blacjack y luego de ganarle a un aristócrata se marchó, dejando al hombre furioso por haber perdido.
Muchos hombres de alcurnia lo despreciaban, puesto que su título no provenía de su cuna, era un hijo de campesino que tuvo la suerte de estar en el lugar indicado en un momento crucial: le había salvado la vida al rey durante una cacería. El caballo enloquecido por los disparos se había desbocado galopando directamente a un barranco, Thomas que era lacayo de un conde, había tomado la cabalgadura de su amo y había corrido en pos del rey, sacándolo del caballo justo antes de que este saltara al precipicio. El rey había insistido en nombrarlo Lord y le había dado tierras en el condado de Chard, tierras que contaban con labriegos de los que él era responsable. De eso ya habían pasado veinte años, y Thomas con mucho tesón y trabajo había aprendido a trabajar Midleton House, lo había hecho bien hasta que Rosalie murió.
Thomas volvió a montar su caballo y avanzó a trote lento hacia la casa de Lady Bellamy, ella se hacía llamar así como forma de burla hacia la clase alta pero en realidad regentaba un prostíbulo.
—¡Lord Wadlow, qué honor tenerlo por aquí!
—Thomas. Lady Bellamy, solo llámeme Thomas.
—Está bien, Thomas. Hace mucho tiempo que no se aparecía por acá. ¿Cinco años?
—Más o menos, pero usted está igual que siempre —dijo él con una sonrisa torcida.
—¡Usted es un adulador! —exclamó la mujer mostrando sus ennegrecidos dientes—. Llamaré a las chicas para que elija una, o dos si quiere.
—No es necesario, me basta que sea pelirroja.
—¿Pelirroja?
—Sí. Como ha oído.
—¡¡Fiona!! ¡¡Fiona!!
Una mujer con el pelo color zanahoria y ojos azules se acercó y lady Bellamy le susurró algo al oído.
—¿Qué le dijo lady Bellamy? —quiso saber él cuando estuvieron en el inmundo cuarto.
—Que lo atienda con esmero milord.
—No me llame así señorita, aquí soy uno más buscando consuelo.
Thomas paseó su vista por la habitación, solo había una cama con dosel que había visto mejores épocas, ahora los postes lucían desgastados por el paso del tiempo y las cortinas de terciopelo rojo apenas se sostenían con un par de argollas cada una. La colcha, también de terciopelo rojo, estaba hecha girones. Thomas con una mueca pensó que tal vez ese era el mejor cuarto del prostíbulo, destinado a los visitantes ilustres.
—Entonces ¿qué vas a querer encanto? Preguntó Fiona levantándose el vestido—. Te advierto que no doy besos.
—Voltéate.
La mujer le dio la espalda y se agachó afirmándose con ambas manos en la cama. Thomas desabrochó los botones de su pantalón y con un movimiento diestro de su mano izquierda sacó su miembro erecto y lo acercó a la vagina de Fiona, luego la penetró de una sola embestida y comenzó a moverse con frenesí para desahogarse pronto. Todo fue muy rápido, él se apartó y ella fue a ponerse en cuclillas sobre una palangana de aluminio que estaba en un rincón y se lavó.
—No te conozco y no quiero contagiarme de algo raro.
—Tu pago —dijo Thomas tirando unas monedas en la cama.
—Gracias milord —dijo ella y le hizo una pequeña reverencia—. Vuelve cuando quieras.
Lord Wadlow sin agregar más, tomó su sombrero y se marchó.
Thomas salió a la noche sintiéndose igual que antes o peor, no había podido quitarse de la cabeza a la joven del jardín. Después de la muerte de Rosalie, ninguna mujer había logrado despertar su pasión y por eso mismo se había mantenido alejado de esos sitios, pero ahora de pronto sus instintos eran despertados por la joven mujer de los cabellos rojos.
Consultó la hora en su reloj de bolsillo, eran las diez de la noche, muy temprano aún para volver a casa. Le tiró una moneda al muchacho que le trajo el caballo y emprendió camino rumbo a la taberna.
Pidió una jarra de cerveza y se fue a sentar a una mesa alejada del bullicio, algunas mujeres fueron a ofrecérsele pero él las rechazó con decisión. Algunos hombres que eran inquilinos suyos lo miraron con desprecio.
“—¿Cómo se atreve a venir aquí?”
“—Desde que lady Wadlow murió dejó de preocuparse por las tierras”.
“—Y ese administrador que tiene no sirve para nada”
Thomas los escuchaba hablar a espaldas suyas con actitud impasible, ellos tenían razón, se había vuelto un inútil.
Prácticamente no se podía tener en pie cuando abandonó el lugar. Dos hombres lo interceptaron rumbo al establo que estaba dos casas más allá para pedirle dinero, y al negarse lo atacaron entre ambos. A pesar de su embriaguez Thomas fue más rápido y luego de un par de puñetazos los dejó tirados en el suelo. Después buscó su caballo y se marchó recostado en la montura. Afortunadamente el corcel se conocía de memoria el camino a Midleton House.

LA JOVEN DEL JARDÍN
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